
Conducir era el escape de unos y la rutina de otros. Para los primeros, era el símbolo de la libertad y de un paso más hacia la independencia. Para los segundos, era porque conducir un automóvil representaba una simple actividad que formaba parte del día a día de muchos.
Para Paula, conducir significaba salir desde la seguridad de su casa, su hogar, hogar que gracias a las nuevas políticas, estaba rodeado de hostilidad. Paula, que nació y ha crecido en ese mismo hogar, conoce muy bien la raíz de esa hostilidad; por años intentó entender y comprender a qué se debía o qué había hecho para merecerlo y cada vez que se acercaba a una respuesta, esta se esfumaba en el aíre.
De tal manera que no tuvo otro remedio que adaptarse lo mejor que pudo y hacer de su casa su fortaleza. Dentro de su torre y rodeada de esas finas cuatro paredes, su abuelo y ella vivían de la mejor manera como podían. Su padre murió en un accidente de construcción cuando ella apenas tenía 7 años. Por los siguientes 5 años, su madre se encargó de las cuentas a través de dos trabajos como empaquetadora y aseadora. Semanas tras haber cumplido sus 12 años, Paula fue testigo de cómo su madre fue arrestada. La pequeña de 12 años se quedó bajo el cuidado de su abuelo que trabajaba en el aseo de una escuela local. Eso fue hace casi 6 años, tiempo que ella recuerda con un sabor amargo en su boca.
Paula es ahora una mujer mayor de edad, de acuerdo a la ley y mientras muchos y muchas celebraban sus 18 con el mayor símbolo de libertad, Paula lo hacía con extrema cautela y mucha ansiedad. Todavía conservaba fresco el recuerdo de cómo fue arrebatada del abrazo de su madre. Estaba confundida, asustada – no, asustada no, estaba aterrada. Hoy al timón, ese miedo seguía reptándose bajo su piel. Sin embargo, los granos de arena del reloj se habían agotado y era hora de que ella intentase contribuir a los gastos del hogar. Su abuelo había sido despedido por avanzada edad y al igual que muchos, apenas recibió el pago de ese mes. La vida podía ser cruel y aun así se quedaba corta al lado del tiempo. Si habían de sobrevivir, Paula debía encontrar un trabajo.
Afortunadamente, una de las asistentes a la iglesia a la que el abuelo atendía todos los domingos, le comentó de la oportunidad de empleo en un restaurante al otro lado de la ciudad. La paga era buena y el ambiente bastante amigable con lo cual su nieta estaría sana y salva de cualquier problema o peligro.
Paula era consciente del riesgo y aunque su corazón se le escapaba de estallar dentro de su pecho, sabía muy bien que debía trabajar. Era una chica respetuosa, esforzada y muy inteligente. Asistía a la escuela que los miembros de la iglesia mantenían y lo lograba gracias a sus excelentes notas y su buen comportamiento. Ella soñaba con ser una ingeniera aeroespacial y cada vez que podía, miraba a través de la ventana a esas naves despegar con tremendo estruendo hasta que se escapaban de su vista. Su sueño debía esperar, como muchas cosas en su vida.
-“Hija, sabes muy bien que no tienes que hacerlo”, rogó su abuelo.
-“Papá, lo quiero hacer y sabe muy bien que tarde o temprano lo tendré que hacer”, le respondió con una tierna sonrisa. La vida le había enseñado a mantener un perfil bajo e humilde, pero ella solo aprendió a sonreír.
Un hombre anciano y resignado le dio un beso en la frente y susurró una rápida plegaria para su niña. Mucho dependía de ese recorrido de cinco kilómetros de ida y cinco de vuelta.
Paula cerró su abrigó, se aseguró de llevarlo todo y le devolvió el beso a su abuelo para luego ajustar bien su gorro y su bufanda. Era la primera vez en muchos años en los que salía sola y sin el cuidado de un adulto.
Conducir era el escape de unos y la rutina de otros. Para Paula, conducir era saltar al nido de tiburones con una herida abierta. Era un acto de fe y un acto de locura a la vez. Paula tomó el timón del coche con ambas manos tal y como el pastor de la iglesia le enseñó en el aparcamiento; revisó que todo estaba bien y finalmente rezó con intensidad.
-“Por favor, llévame con bien y te prometo lo que quieras”.
El agua se mecía con serenidad y Paula podía flotar; aún así contenía la respiración y hacía todo lo posible por moverse lo mínimo posible. Con las pupilas dilatadas y las manos sudadas de la tensión, Paula miraba como las aletas dorsales dibujaban líneas irrisorias en el agua pero cada una se ocupaba de su propio camino y de su propio espacio. Al ver como ya llevaba casi 1 kilometro de distancia, Paula dejó soltar su respiración y sonrió. Los tiburones la habían ignorado y su herida, aunque escociese de la tensión, no los había atraído. Era casi un milagro y un buen presagio de que las cosas buenas vienen para quienes salen a buscarlas.
De repente, una sirena destelló y en un abrir y cerrar de ojos, el tiburón atacó. Había mucha sangre en el agua y era cuestión de tiempo.








