
Eran quizás las dos de la tarde y mamá estaba trabajando. Digo que eran las tardes porque me da la impresión de que acababa de comer algo.
De niño solía comer muy poco, un punto de conflicto con mi abuela que predicaba el valor de la comida y el grave pecado que era despreciarla y no comerla. Yo no entendía estas cosas. Yo solo sabía que ya no quería seguir comiendo y que el resto de la comida no me cabía. Ella, por supuesto, no estaba de acuerdo. Esa era impensable desperdiciar la comida así que sí o sí, me la tenía que terminar.
De cualquier modo, quiero creer que era la tarde de un día de verano, con lo cual intuyo que estaba de vacaciones y estaba bajo el cuidado de mi abuela, que posiblemente, como ya dije, me habría obligado a terminar la comida.
Me sentía curioso, sentimiento que en ese entonces no habría sabido describir o definir, pero sí atender. Era demasiada tentación como para no jugar con ella. Era un niño, poco sabía sobre luchar contra las fascinaciones de la vida. Yo quería explorar todo aquello que estimulaba mis sentidos, y, como nadie estaba poniendo atención y yo me sentía particularmente intrépido ese día, caí en ella.
Crucé el pasillo desde el comedor de la casa de mi abuela hasta la puerta de la cocina de mi casa. Vivíamos a la par, así que hasta donde yo entendía, todo era la misma casa y yo solo dormía en un lado de ella. Giré el torno con mucho cuidado y me abrí el paso por la soledad de la casa. La luz entraba por las cortinas blancas que mi abuela habría tejido y se deslizaba por el suelo de porcelana blanca que mi madre con mucho esmero mantenía limpia. Cuidé que cada paso hiciera el menor ruido posible y pasé de la cocina, al comedor, a la sala de estar en menos tiempo de lo esperado. De noche, esto había sido otra historia puesto que yo detestaba las sombras y temía que entre alguna se escondía algo o alguien que me devoraría. De día, como ese, todo estaba a la vista y podía ser valiente. Con mucho cuidado, bajé el escalón que conectaba con las tres habitaciones – la derecha terminó siendo la mía – y tuve que detenerme para respirar. El tragaluz que se tendía sobre mi cabeza debió de brillar tanto como
una lupa que concentraba la vigilancia de alguien.
Todavía estaba a tiempo de evitarlo todo, pero ya había llegado hasta allí. ¿Qué sentido tenía darse vuelta? Además, posiblemente no iba a tener otra
oportunidad para hacerlo. Era ahora o nunca.
Extendí mis más sentidas disculpas a los cielos y finalmente abrí la puerta de la habitación de mis padres.
Todo estaba tan callado y quieto. Las sábanas sobre el colchón, los libros depositados en la cabecera de cama, cuyo diseño era en sí un librero que había de puente entre las dos mesas de noche que se posaban a ambos lados de la cama; la manta tan calma que yacía al pie de la cama, la silla mecedora de metal, y las gafas de mi mamá que dormían boca arriba y siempre atentas.
Habiendo logrado infiltrar la recámara, solo quedaba una cosa.
Ya sabía dónde estaban pues lo tenía todo perfectamente estudiado desde semanas atrás. Los había observado con mucho cuidado: su color, su fábrica, su entallado, y ese sonido seco y resonante, con su distintivo eco, cada vez que se acompasaban sobre el porcelanato.
Eran rojos, de color puta como tanto me encanta, y brillaban con esmero. Tenían un arco que se elevaba elegantemente hasta el tacón elevado. Acentuaban su figura, y afirmaban ese paso tan seguro de quien las portaba.
Esos zapatos de tacón elevado me encantaban – no, me fascinaban. Su ruido, su porte, y su diseño me maravillaban. La sensación de poder cambiar las dimensiones de mi niñez con algo tan sencillo me enamoró.
Con cuidado, me los acomodé y amarré la correa que los aseguraba sobre mi diminuto tobillo. Me puse de pie como mejor pude y de repente el mundo se tambaleaba. La sensación en mi paso era diferente, sin embargo, tampoco era mala. Había algo curioso en poder caminar en puntillas, porque esencialmente era eso, caminar en puntillas.
Para mi propio deleite, pronuncié mi pisada y escuché ese eco reconfortante del tacón presionando sobre el lustroso porcelanato blanco. Era un deleite.
Para mi desgracia, era demasiado pequeño como para poder verme en el espejo de mi madre, así que me vi forzado a hacer todas las maniobras y desdobles humanamente posibles para observarlo todo bien. Fracasé.
Tuve la precaución de ser lo más sigiloso posible. Después de todo, mi abuela estaba a unos pasos de distancia y ella era la madre del sigilo; años de experiencia cuidando y criando niños le honraron con las perlas de reconocer que el silencio en casa casi nunca es inocente. Por supuesto, no sabía por qué quería evitar que alguien interrumpiera mi proceso de descubrimiento. Algo me decía que lo que estaba haciendo era incorrecto, pero no entendía el qué y el por qué.
¿Qué se podía esperar de un niño? ¿Qué había de malo en probarse los zapatos de mamá?
Eran suyos, claro está, y tampoco le había pedido permiso. Desde luego, se
vería raro verla probarse mis zapatos de charol, pero no creo que me habría
importado. Si viera a mi madre ponerse mis zapatos, me reiría un poco, pero seguramente le dejaría llevarlos puestos. ¿Acaso había cruzado una línea en esos tacones rojos que no debí cruzar? Evidentemente, sabía muy bien que yo era un chico y mi madre una chica y cada uno tenía que cumplir con reglas que yo no entendía, pero, al final de todo, eran solo unos simples zapatos. No sabían hablar, no sentían. Eran zapatos.
Eso sí, eran zapatos de tacón rojos color puta que me encantaban.
¿Qué habrá sido de esos zapatos?








