La
nueva moda de movilidad compartida había aterrizado en la gran ciudad y fue
recibida con los brazos abiertos por una administración pública incapaz de
comprar un solo autobús. Para una urbe acostumbrada a la comodidad
automovilística, la idea de participar en un sistema que conservaba la
privacidad del coche propia pero disminuía su presencia resultó idónea.
No,
trabajaba como auditor interno en una de estas nuevas empresas. Ubicada en el
barrio que estaba de moda, la empresa como muchas de sus contemporáneas, había
adoptado la nueva forma de hacer del trabajo un juego. Naturalmente, los
compañeros de No eran todos jóvenes, recién graduados e infinitamente motivados
para cambiar al mundo una idea a la vez. La mayoría habían sido contratados en
los últimos seis meses como resultado del crecimiento exponencial del mercado y
de la demanda por la movilidad compartida. Con una edad media de 23 años,
algunos de ellos eran veganos y los que no, comían como que si lo fueran; todos
eran fanáticos de la comida sin gluten, las frutas orgánicas, las prendas de
ropa abultadas, la jerga gramaticalmente inconsecuente, y lo que los sátiros
americanos llamaban, el progresismo despertado. La oficina era una jungla
conquistada por los productos Apple. Los compañeros de No decidieron que pese a
que no había mucha luz natural, la oficina requería de algo de vida por lo cual
un lunes llegaron con plantas que requerían poco sol y poco agua. El contraste
monocromático entre lo verde y lo blanco eludía la necesidad de contratar
cualquier sentido de decoración.
No,
sin embargo, sí comía muchas carnes, se vestía con ropa poco llamativa, portaba
accesorios que sí le servían, era casi 8 años mayor al resto y no tenía una
sola planta en su escritorio, salvo cuando uno de sus compañeros le regaló una
para que no se sintiera apartado. No, se reservaba su opinión y prefería
alinear sus reglas personales a las sociales – proceso que poco contravino con
su manera de ser. Llegaba a la hora que se le pedía y salía a la hora acordada
ya que cumplía con su trabajo sin causar alboroto y con poca necesidad de
coordinarse mucho con sus compañeros.
En
la era de la tecnología, las famosas nubes de Google digitalizaban todo
incluyendo cualquier documentación necesaria para una auditoría. Esa facilidad
le vino genial cuando negoció el puesto de trabajo en la entrevista. En la
entrevista, una de esas mostrando haciendo, No demostró que estaba plenamente
capacitado para cumplir con sus obligaciones y que podía agregar una diversidad
discreta al trabajo
Y
es que No era de pocas palabras – las necesarias – es más, se limitaba a una
sola: “no”. Sin explicaciones ni preguntas, sus compañeros asumían de que
padecía de alguna impedimento más eso solo eran rumores. Sus compañeros, leales
a sus valores, jamás resintieron su introversión y al contrario, supieron
medirla. Entendían que lo más que podían esperar era un monosílabo o un
discreto sonido de aprobación. Ellos eran de mente abierta y lo tomaron como el
ying a su yang, o el yang a su ying, dependiendo a quien uno le pregunte.
Socialmente
hablando, si No se alegraba, entristecía o molestaba se desconocía, pero sí
estaba claro que cuando algo era de su desagrado, él diría un simple y honesto
“no”. Cuando sus compañeros le invitaban a salir de fiesta, de esas que suelen
hacerse en las azoteas que dan vistas a más azoteas, No a veces las aceptaba.
Llegaba a la hora acordada, bebía un par de cervezas y si la broma era
verdaderamente graciosa se reía con hilaridad muda. Si la propuesta intervenía con
sus planes caseros, él secamente decía que “no”. Estos planes caseros eran
muchos: leer un libro e imaginar un final alternativo. Ver películas y más
películas, consumir documentales con voracidad y por supuesto, meterse a la
cama en una hora adecuada. Era un hombre sano, sin vicios pero tampoco parecía
que los de otros le molestasen. Su manera de ser le evitaba los desvelos
innecesarios, los halagos forzados y la amistad digitalizada que era tan propia
común en estos tiempos. Su vida era sencilla pero le funcionaba ya que de esta
manera evitaba comprometerse de manera innecesaria – algo que ya decía mucho.
Hasta
donde todos sabían, él era un extraño a los problemas personales y a los líos
que agobian a los simples mortales como un recibo de electricidad disparatado o
una tarifa sorpresa en los viajes. Su paciencia parecía superarlo todo y como
era de esperar, siempre estaba la opción de decir que no. Vivía solo y con
pocos dispositivos electrónicos lo que en la era de la información sin
privacidad se traducía en hermetismo si no que
la pre-historia. A él no le molestaba ni veía necesidad de ello y esto
le premiaba con veladas de música mientras cocinaba sus platos preferidos, una
cabeza menos ajetreada con las noticias y las opiniones de lugares y personas
que jamás conocería, y en general menos ansiedad que le daba largas y profundas
horas de sueño.
Efectivamente,
No era un ser de blancos y negros en un mundo atrofiado de colores e intensidades
que pasajeramente disfrutaban de los momentos y corrían angustiadamente al
siguiente. No, No era diferente y así le gustaba su vida.
Cuando camino hacia una dirección oigo un suspiro que me roba la comprensión Solo te extraño en tu ausencia cuando no te oigo y llora mi consciencia Solo te extraño cuando camino cuando palpita a un ritmo dañino.
Y es que tienes una manera, una forma muy singular, en tu tono de voz a veces irregular que a veces no me deja respirar. Una manera tan simple y precisa, sutil y endiabladamente concisa.
Solo te extraño cuando quema el sol y la sombra no me calma del calor, Y extraño el ruido de tu silencio cuando oigo el alma bajo mi aliento.
Me haces extrañar correr cuando debería caminar; y esa risa de los niños, que la tuya me hace recordar.
Extraño la lluvia que acaricia todo cayendo suavemente a su ritmo y a su modo.
Y es que te voy a extrañar en mis tiempos de cólera y en mis tiempos de gloria te voy a extrañar en los tiempos de sol y en las ricas y serenas brisas.
Te voy a extrañar a la hora de recordar que detesto las despedidas y ver el tiempo pasar
Desde la tierna edad te vi sin pensarlo y confié sin dudarlo.
Desde la tierna edad Seguí a mi estrella como candil en la calle y no le quité la mirada como un gato en el muro.
Pero ahora siento que cambio y tengo dudas, el juez y el testigo de esta corte siento que no están de mi parte No se porqué confío Si es por rutina o por castigo No se porqué lo rezo quizás sea por llevar la contraria quizás sea porque envejezco
Ahora en esta edad te veo pero lo pienso te confío pero lo dudo te sigo al sur aunque yo veo al norte Confío en tu juicio pero me incomoda tu corte
No se porque oro sin ver una respuesta lo cierto es que lo hago aunque mi duda esta bien puesta.
No logro recordar lo antes de ti ni me puedo explicar Por qué a mi? Seguramente, las cosas seguiran pero simplemente desconozco como acabarán
Pudo ser y alcanzar lo que pocos llegan a extasiar Pero como todo lo bueno también cayó y de lo que supimos ahora se desconoció
El paraíso mal interpretado y añorado siempre estuvo pero nunca se quiso
El paraíso que rechazaste estaba hecho a tu medida y para tu capricho toda regla fue definida No logro recordar lo que fui antes de ti pero si alcanzo ver el paraíso que perdí
Eduardo
estaba inmerso en sus estudios. Tenía un examen de matemáticas el lunes a
primera hora y necesitaba sacar una buena nota para no perder el curso. Su
madre, soltera y con tres más, estaba ocupada en la cocina viendo las noticias
que habían pasado los últimos 5 minutos al aire discutiendo el vestido poco
halagador de una prominente política inglesa. Ella, fiel al principio de jamás
perder un minuto de tiempo en banalidades, estaba planchando la ropa de sus
hijos mientras se organizaba mentalmente para atender todos los pendientes que
le quedaban a la semana.
-“Con
tantas casas por visitar no me va dar tiempo de preparar la comida del jueves y
viernes”, con lo que decidió preparar un bar de bocadillos.
-“Eduardo,
¡necesito unas barras de pan!” gritó desde el pasillo.
-“Estoy
estudiando…” replicó Eduardo de manera poco audible.
El
pobre tenía muchos problemas con las matemáticas y el sistema educativo no
parecía ser capaz de corregir ese error. Era un buen chico que simplemente
procesaba de manera lenta las ciencias. Sus profesores se quejaban de su falta
de compromiso y dedicación aunque decían lo mismo del resto. Solo aquellos que
aprobaban sus exámenes eran buenos estudiantes. Eduardo asistía a clase, hacía
su esfuerzo por cumplir con sus deberes, obedecía las reglas y tenía un buen
comportamiento. Nunca se le tildó de irrespetuoso ni de revoltoso. Él era uno
más entre la marejada de jóvenes que pasaban los pasillos de la educación
pública sin ser percibidos. El cumplía con su parte salvo con el detalle de
aprender.
-“Debo
aprobar el examen sí o sí… concéntrate”.
A
cinco calles hacía el sur su compañero de Física, Juan, estaba escuchando
música. Juan también tenía ese mismo examen de matemáticas pero ya había
asumido que no aprobaría. Los profesores se dedicaron a la labor de criticarle
desde hace años y para Juan, suspender era cumplir con los deseos de los demás.
Las matemáticas no le daban problema, es más, las entendía a la perfección; lo
que él carecía era la motivación para enfocarse en sus estudios y desatender
sus otros menesteres. A sus 14 años, en plena pubertad confundida, Juan y dos
de sus amigos que ahora viven en otra ciudad, decidieron robar una tienda de
alimentación.
-“Ya
verás que ni se van a enterar”. En efecto, los dueños de la tienda no se
percataron del robo y lo que comenzó como un pequeño experimento juvenil se
deformó en una manera de hacerse con un par de regalos. Sus padres le ponían
poca atención al distanciamiento de su hijo único y se concentraban más en
planificar las vacaciones del verano y re organizar las cuentas para comprar un
nuevo teléfono en la temporada de rebajas. ´
-“Es
solo otro adolescente; ya pronto entenderá”, decían.
Por
lo menos la música de su playlist estaba bien por lo que Juan cogió su libro y
lo sacó a dar un par de saltos y giros y más saltos al son de la música que
poco o nada se le entendía. Y así se estuvo hasta que de repente cayó en cuenta
que se le olvidó pedirle a su mamá que comprase un par de Coca Colas en el
supermercado. Tomó su teléfono para llamarla para dar con el buzón de voz.
Visiblemente sediento, cogió sus llaves y bajó a la tienda de la esquina para
ver si conseguía algo. Sin embargo, esta estaba cerrada por problemas
familiares.
-“Ah
vaya”. Esa parte de la ciudad padecía de los famosos desiertos alimenticios y
la tienda más cercana era el supermercado de 24 horas que estaba a tres calles
subiendo la avenida principal. La idea de tener que caminar un poco por una
Coca Cola le molestó por lo que se detuvo unos minutos para hacerse una pequeña
lista de qué otras cosas podía conseguir. El supermercado, por supuesto,
tendría un par de cámaras de seguridad y le haría la visita más complicada así
que en el caso que fuese descubierto, aludiría a un descuido y lo devolvería.
Se sentía algo incómodo con el plan ya que la última vez que robo de una tienda
con un sistema de seguridad lo hizo acompañado de sus colegas y esta vez lo
haría solo. Replanteó todo el escenario y finalmente llegó a una salida viable
que le causaría menos problemas.
-“Eduardo…
Eduardo, Eduardo, ¡por favor”! Sacudió a su hijo quien se encontraba absorto en
una ecuación. “Eduardo, llevó más de una hora llamándote; necesito que vayas a
comprar unas dos barras de pan”.
Eduardo
no entendía porque su madre solo pensaba en él cuando necesitaba este tipo de
favores, cuando sus hermanos podían ayudarle también, pero decidió no pelear. Bajó
la cabeza, tomó el dinero que su madre había dejado al lado de su libro y salió
con pasos pesados.
-“Asegúrate
que este fresco”, fue lo último que alcanzó oír.
Al
menos el camino hacia el supermercado era ameno. El ayuntamiento había ampliado
las aceras y plantado pequeños arboles que en esta época del año se llenaban de
retoños rosas y púrpuras. Ahora había bancos y más cubos de basura lo que vino
a cambiar totalmente el aspecto decadente de su barrio. Aprovechó el momento y
se tomó un descanso de unos cinco minutos para disfrutar de la canción que
sonaba en sus cascos. Terminada la canción, cruzó la calle hasta llegar a la
tienda.
Al
entrar, saludó al dependiente en turno quien estaba observando detenidamente
una pantalla. No se miraba de buen humor para nada. Eduardo hizo un poco de
tiempo y se puso a hojear una revista de música que había en el estante. Le
gustaba mucho la composición y la verdad es que se le daba bastante bien el
tema.
-“Alto
ahí”, gritó el dependiente.
Eduardo
devolvió la revista a su lugar pero inmediatamente vio que no hablaba con él
sino con el chico que venía caminando hacia él – Juan.
-“¡Que
te detengas, he dicho!” vociferó el dependiente. Juan no se dio por aludido y
siguió caminando.
De
repente el dependiente, visiblemente molesto y nervioso, tomó un arma y lanzó
una última advertencia.
-“¡Que
te he visto! Devuelve lo que llevas o haré que lo devuelvas”.
Juan,
quien ya estaba a pasos de salir, vio su oportunidad de escape y la tomó. Se
agazapó un poco y salió corriendo no sin antes oír el disparo del revolver cuyo
ruido lo asustó tanto que le hizo perder el equilibrio. Aturdido por lo que
estaba pasando pero plenamente alerta que la bala no le había dado, lanzó la
bolsa de dulces y la Coca Cola al dependiente y salió corriendo.
Eduardo,
sin embargo, no tuvo tiempo de reaccionar y sirvió de escudo para Juan. La bala
le reventó la carótida y el joven murió en menos de cinco minutos. El
dependiente había sido ordenado por su superior de detener cualquier robo y
para ello le había dado un arma, so pena sería despedido.
La
música en los cascos de Eduardo seguía sonando ininterrumpidamente y las
personas seguían cruzando la esquina.
Por qué decirte que te confío? si tú ni me los números me cuentas.
Si te digo que extraño me dices que lo sientes y si dudo tus palabras, me juras que no mientes.
Pero solo dices y eso es poco y lo que dices me trae loco.
No solo de pan vive el hombre y no son pasiones las que pido. Simplemente un poco de atención y tus abrazos como abrigo.
Se cuanto tienes y no es lo que busco valoro más quien eres y con eso yo me luzco.
Pero por qué te distancias? Como si el tiempo sobrara y el corazón acatara.
A veces te comprendo, tu manera de resolver pero escojo la demencia, a tu manera de ser.
Ya que si la distancia abonará a la seguridad y a la confianza el amor seguro se ahogará con inmunidad y mala crianza.
No obstante prefiero creer en tus palabras y tus formas prefiero ser fiel a lo que conozco y a lo que se informa. Prefiero guardar silencio y no ser victimario Y asi ahorrarme que en mi boca pongas el diccionario.
Ser la hoja que nada en el río Tan simple y tan floja pero libre en tu albedrío.