Ojos que ven y labios que besan manos que tocan sentidos que alientan.
Respiramos por instinto y añoramos por sentimientos; Ciertamente somos animales con raciocinio que no se extiende.
No se extiende porque no comprende, no comprende por orgullo, orgullo de saber y creer entender orgullo de superioridad en estados frágiles y humanos.
Mas somos humanos y esto es lo que conocemos: ojos que ven y corazón que siente; Somos humanos y a esto nos aferramos: manos que tocan y carne que tienta.
Vemos la lógica, de lo que nuestra historia ve pero vemos lógica singular y no perspectiva colectiva.
Triste historia es aquella que se repite como la bala que vuela y vuelve a herir; deplorable realidad es hacer lo mismo sin el mínimo sentido de querer corregir
Y tan triste es este cuento que culpamos a otros por nuestros errores, como si la sangre en el suelo fue lluvia de duelo.
Ojos que ven y corazón que siente Más la muerte no se ve ni se cuantifica la muerte solo interrumpe y siempre califica a ojos que más vieron y corazones que sí sintieron.
Fuera de su caja su forma se aprecia Pero la muerte no alcanza, para inigualable torpeza
Ojos que ven manos que tocan labios que besan y sentidos que sienten hasta donde la mente va hasta donde llega y comprende.
Eran las 4:45 de la mañana. Como ya
era su costumbre, se había despertado minutos antes que su alarma gritase los
buenos días por cada rincón de la casa. Madre siempre tenía que despertar a las
5:00 pero prefería levantarse antes por cualquier imprevisto. Sus hijas debían
de despertar una hora después con lo cual tenía suficiente tiempo para ducharse,
preparar la comida, y caminar a su trabajo.
Se sentó sobre su cama, ordenó un poco
sus pensamientos y recitó la oración de todas las mañanas – una larga lista de
agradecimientos. La mañana era tan callada que con un poco de atención, podía
escuchar el profundo respiro de las niñas. Tan callada que el frío calaba más. Los
tiempos fríos, le había enseñado su madre, recordaban de dar gracias de los
tiempos cálidos y acogedores y eso criaba un corazón agradecido. Ya en el baño,
se quitó lo que llevaba puesto y suspiró. El agua fría le despertó cada uno de
sus músculos y cada uno de ellos se contrajo en un abrir y cerrar de ojos.
Jamás se acostumbraría a ello. Seca y bien despierta, caminó hacía su
habitación para comenzar a arreglarse.
Taconeada y lista, comenzó a tocarle
la puerta a sus retoños para que se comenzasen a despertar. El agua caliente
estaría hirviendo en 10 minutos y no se podía desperdiciar. Mientras una
entraba al baño, la otra desayunaba y ella iba saliendo con la comida del día.
Era muy rápida con la cocina, algo que aprendió a una temprana edad. Era un
proceso de relojería fina que llevaba más o menos una hora. Madre manejaba su
casa como un sargento y sus hijas le obedecían como tal.
6:45 de la mañana y como una fila de pequeños
patitos, todas emprendían el camino hasta la escuela. Eran unos 15 minutos
caminando y las niñas entraban a las 7:30. Una por una, se fueron despidiendo
de Madre con un beso en la mejilla y los buenos deseos para el resto del día.
Aunque de niña era muy platicadora, Madre
se había convertido en una mujer de pocas palabras, la vida así se lo había
enseñado. Pasaba demasiado ocupada como para entretener conversaciones vacías y
críticas mal fundadas. En el día a día, se reservaba las sonrisas y optaba por
la discreción. Y es que la sociedad en la que vivía, era particularmente cruel
con mujeres como Madre. Los hombres cruzaban la calle para no tener que
saludarla, las señoras bañadas en perfumes sacaban sus abanicos para no tener
que mirarle a la cara y esconder su cuchicheo, la religión la señalaba y hasta
personas que consideraba sus amigos le dieron la espalda. Pero ella era estoica
y seguía adelante.
La vida no pagaba por tener vergüenza
pero sí pasaba las facturas mensualmente y esas se tenían que pagar. Madre trabajaba
como asistente de cocina, aseadora y planchadora de trajes de abogados, de
lunes a viernes de 7:30 de la mañana hasta las 5 de la tarde o a veces más. Era
una labor agotadora pero ella, en sus oraciones de la noche y las de la mañana,
daba las gracias por ella. Daba gracias por el dolor en sus muñecas, producto
del lavado de ropa en agua fría y el planchado que le había producido artritis.
Daba las gracias por sus varices que por fortuna podía esconder con las medias.
Daba las gracias por el dolor de pies tras horas de pie y caminando en esos
zapatos. Daba las gracias porque tenía como proveer a sus pequeñas mujeres y
dependía de sí misma y de su propio esfuerzo para hacerlo. El tiempo se lo
recompensaría y eso le confortaba. Los
comentarios le sobraban.
-“Mamita, me han dejado un proyecto de
matemáticas”, le dijo la mayor mientras tomaba a la menor de la mano.
-“Ya lo vemos en casa”, respondió
Madre con una sonrisa cómplice.
-“Mamita, te ves cansada”, reparó la
menor.
-“Sh!, ya te dijo la profesora que eso
no se dice”, le reprendió la tercera.
-“¿Cansada? Bueno, ya descansaré”,
reparó Madre.
-“Las mujeres nunca nos cansamos y si
nos cansamos, no lo admitimos”, repuso la cuarta.
Madre le saludó con un guiño.
Flanqueada por sus cuatro hijas, una a
cada lado, se tomaba toda la acera. Ignoraba si ellas estaban conscientes de lo
que se decía– una familia de mujeres sin una figura paterna era una familia
llena de pecado. Lo ignoraba y así lo prefería. Su familia ocupaba todo el
espacio que había que ocupar y por eso daba las gracias. Ella daba la batalla
todos los días por sus hijas y el camino a casa bajo el atardecer del sol le
saludaba por ello.
Dolores despertó con un poco de dolor
en la nuca posiblemente porque de nuevo había dormido en una mala posición. Era
la tercera vez que le ocurría en lo que iba de la semana así que agregó a la
agenda de su móvil “almohada nueva”. A
ver si con esta nueva almohada dejaría de moverse tanto por su cama.
Curiosamente, no se sentía cansada
pero tampoco descansada. Le dio igual. Se puso su ropa deportiva, se amarró el
pelo en una coleta, tomó su nuevo reloj inteligente que estaba al lado de su toalla
y caminó hacia la cocina para ver si el primer café de su día estaba listo. No
lo estaba. No hubo más remedio que comenzar el día con menos cafeína que lo
habitual.
Antes de salir de su casa tuvo el
cuidado de velar que todo estaba en su lugar y apagado – menos el café que se
estaba preparando. Su rutina de ejercicio duraba máximo una hora, lo suficiente
para hacer algo de ejercicio cardiovascular, levantamiento de pesas, algo de
abdominales y caminar a su casa para una fría ducha. Para su gran fortuna, su
gimnasio estaba cerca y abría a las muy heladas seis de la mañana. Por
supuesto, ella una de las pocas almas valientes que se atrevía a ejercitarse
tan temprano. A ella no le importaba, ya se había acostumbrado.
Dolores era una ejecutiva en una empresa
petrolera que tenía nuevas inversiones en las costas tejanas de Estados Unidos.
Su trabajo le exigía un alto sacrificio de tiempo personal y un compromiso
sobrehumano para soportar la carga de reuniones, licitaciones e informes que
ella debía atender y revisar día tras día. A eso había que agregarle los viajes
y la imperiosa molestia de tener que trabajar en un ambiente predominante
masculino y machista. Sin embargo, a ella no le importaba. Cumplía con su
trabajo con bastante eficiencia y había aprendido a responder a los comentarios
retrógrados con una sonrisa lo suficiente amable como para no ofender pero
acompañada de una mirada bastante cínica como para advertir que esas bromas no
eran bienvenidas.
Tenía hermana quien vivía en la misma
ciudad que sus padres en el sur del país. Educada desde niña a ser
independiente, Dolores no desarrolló la necesidad de tener una relación cercana
con su familia. A veces solía recordar con un poco de indiferencia las incontables
veces que le tocó preparar la comida para ella y para su hermana porque sus
padres carecían del suficiente tiempo para atenderles. Eso sí, la cena era el
momento para ponerse al día con las trivialidades que hacen únicas a las
dinámicas familiares. Consecuentemente, estos hábitos han perdurado hasta el
día de hoy.
-“Mamá, ¿Cómo te fue en el viaje?
-“Poca cosa hija, ya luego compartiré
las fotos en el Facebook”.
Y así.
Les visitaba una vez cada dos meses
más por deber que por ganas. Eran estadías cortas y perfectas para terminar de
conversar y ver las fotos que no pasaron el recorte digital. Había poco tiempo
para reproches a la falta del convivio familiar y su madre era bastante buena
para fulminar cualquier intento de queja, habilidad que Dolores estudiaba y
aplicaba en ocasiones especiales.
En su última visita, llegó a casa unas
horas antes de lo esperado. Sus padres tenían todavía dos horas de tren debido
a las torrenciales lluvias que habían interrumpido el tráfico normal. Aprovechó
el tiempo y se distrajo con los libros de historia que su padre coleccionaba.
Eran muchos y juntos cubrían toda una pared del salón principal.
-“Allí estás”. Tomó un libro que
ilustraba un pequeño archipiélago de paradisiacos islotes regados en las
cálidas aguas de las Antillas. Siempre había querido ir pero nunca había hecho
el suficiente tiempo. Dejó escapar una pequeña sonrisa y tomó su móvil. Envío
un correo a su director de recursos humanos para solicitar dos semanas de
vacaciones y en seguida hizo las reservas de vuelo. Le seducía mucho la idea de
desconectar por completo así que desechó la opción de reservar un hotel y en su
lugar reservó una pequeña casa de madera. La idea de escaparse la hizo
suspirar. Dolores era una mujer de pocos impulsos, no los disfrutaba, pero este
le llenó la vida de la misma alegría que emociona a una colegiala cuando el
galán de la clase la invita a salir. Había hecho una picardía que hizo que se
parasen los pelos de sus brazos. Visiblemente sonrojada, devolvió el libro a su
lugar y se puso a ver televisión y a esperar.
Días después, el permiso de vacaciones
fue aprobado. Sabía que Recursos Humanos sería expedito, después de todo, le
debían muchas semanas de vacaciones así que no fue eso lo que la sorprendió. Lo
que le sorprendió fue el caer en la realidad que viajaría a una isla
paradisiaca a broncear su tonificado cuerpo sobre las finas arenas de las
playas caribeñas. Sin agenda, sin apuros, sin correos y sin relojes de alarma –
era una desconexión. Efectivamente, el permiso escrito vino adjuntó a un correo
en el cual se le advertía de dejar las cosas bien atadas antes de irse. Dolores
había previsto la advertencia por lo que tenía todo organizado y calendarizado
en tiempo y forma. Su trabajo no se verá interrumpido.
Preparó una pequeña lista de cosas que
quería llevar y las que sí debía incluir. Empacó trajes de baño, toallas, gafas
de sol, vestidos floreados, sandalias, un estuche de cosmética, la
documentación y el resto de detalles. Quería viajar ligera y así lo hizo. El
siguiente día le tocaría una larga jornada de viaje: 8 horas de vuelo, 3 de
espera, 1 de bote. Si todo salía bien, estaría llegando a su islote a las 4 de
la tarde hora local, perfecto para disfrutar del ocaso.
-“¿Esto es todo?” le preguntó el taxista
que había llegado a recogerle.
-“No necesito más”, contestó Dolores
con un respiro lleno de amabilidad.
Las siguientes horas fueron un
destello de reflejos, horas de lectura, más lectura y pequeñas pero poderosas
siestas. Al salir del aeropuerto, no pudo evitar sentir la calidez húmeda que
resplandecía en su piel al reflejo del sol.
-“No necesito más”, se repitió con una
sonrisa.
-“¿Perdone?” contestó el conductor del
autocar.
-“Nada, ¿en cuánto tiempo sale la
lancha?”
-“No se preocupe”, le aseguró”, la
lancha esta lista y preparada”.
Dolores compartiría su estadía con las
personas necesarias y si eso significaba alquilar una pequeña embarcación que
la llevaría a su islote así sería. Y así fue.
Llegó a su habitación a las 16:30 con
el ocaso pronosticado para las 18:12. Inmediatamente se cambió y salió a
meterse al mar. La arena se sentía de manera esplendida en sus pies como una
suave pasalera que la llevó a la plenitud del mar. La serenidad y el suave oleaje
del agua masajearon sus sentidos de una manera exquisita. Sin prisas, sin
ruido, sin apuros y todo con calma. Percibió como el latido de su corazón se
deslizaba a un ritmo soñoliento por lo que cerró los ojos y se permitió flotar
hasta que el tiempo se desvaneció y solo quedaran sus sentidos.
-“No necesito más…”
Pero era la hora del ocaso. La leve
bajada de temperatura y la falta de luz le recordó que este era el momento que
tanto ansiaba. Salió del agua y se sentó
junto a su bolso de fin de semana. Ya podía apreciar un poco de tonos
morenos en su piel lo que le pareció algo ridículo. La luz era tenue y el calor
le abrasaba con cuidado. El sol comenzaba a posarse y a incendiar el mar
mientras se hundía con paciencia. Dolores volvió a sonreír.
-“No necesito más”.
Y con celeridad clavo una puntiaguda
lima de uñas en su cuello. La herida fue fulminante pero no lo suficiente por
lo que arrastró la lima como pudo hasta que cayó al suelo, atragantada en su
propia sangre y bajo los últimos rayos de sol.
El viaje era su escape, su escape de
una vida organizada pero carente de memorias y recuerdos. Una vida que la
martillaba todos los días y de la que jamás supo como escapar o cambiar. Sus
últimos momentos de lucidez fueron como la lectura de las últimas líneas de un
poema sardónico. Un poema que ella no escribió pero debió recitar.
Sus ojos parpadearon como si
intentasen fotografiar lo que quedaba de esas últimas hermosas horas de paraíso
y olvido. No luchó, su cuerpo se permitió desangrar y teñir la blanca arena de
rojo. Su mente no se alertó, estaba lista para lo que venía. Su corazón siguió
su lento descenso hacía ese sueño delicioso. Fotografió con sus ojos una vez
más…
Aunque a veces creo que es un sueño, sigo sujetando arena en mis manos Arena que se desliza sin dueño arena que sin ella, seguiríamos sanos.
Poso mis ojos en el horizonte y siento como mi corazón palpita, se estremece con la esperanza que esta arena excita .
Pero la naturaleza a su estado, instinto es lo que debe; Asi la presa hacia el agua de su muerte seguro bebe.
Granos de arena Que se pasean en mis manos, de los castillos que intento hacer; Uno por uno pasean imposible no quererlos tener.
Dunas sobre dunas de arena Hasta donde la mirada se extiende, Dunas sobre dunas que solo mi mente comprende.
Y así palpita mi mente, palpita mi alma y retumba mi corazón. Donde vida hay esperanza Aún en esta arena sin sazón. Porque las dudas es lo que más sobra y entre sus comisuras algo camina Para mi sonrisa tan ilusa y sencilla algo que la ilumina.
No parece importar cuanto recorra siempre tropiezo con lo mismo
Sigue animándome para que no deje de correr Hasta que flaqueé del todo y colapse, Sigue gritando, no me dejes parar Quizás así olvide lo que fue tener
Pero a quien engaño Tenía mis esperanzas puestas en ti. Nadie me calma como lo haces tú Pocos cuentan mi historia como tú.
Solo quise esperar a corresponder a alguien que nunca me perteneció; Supongo que es mi culpa pensar que de alguna manera esto no sucedió.
Fui tonto por no verte ser Fui un tonto por buscar excusas y no comprender Fui un tonto por correr cuando pude caminar Un gran tonto por solo querer y olvidar soñar.
Siempre tropiezo con la misma piedra y siempre me prometo no volverlo a hacer
Lo siento tanto por ser un tonto y por no saber corresponder Ahora me siento esperando a saber de ti Como un tonto sin saber qué hacer.
Solo quiero posibilidades, no pido más regalos; una ruta para caminar y pasar de lo bueno y los malos
Siento que voy en círculos de promesa en promesa en promesa No puedo ver la imagen clara
Cuando pongo mis pies y respiro No hay luz que ampara Si el tiempo no repara.
Que repare el tiempo todo lo que perdí Que reparen los segundos todo lo que sentí y que te devulevan las horas todo lo que añoras y te regresen los minutos los fragmentos diminutos.
Debo de admitir que siempre suelo comprender como la naturaleza propone y uno siempre escoge
Y es que no pretendo negar mi responsabilidad y mi deber, ni mucho menos olvidar lo que mis acciones suelen hacer Pero si esto significa dejar todo lo que quiero ser prefiero en círculos caminar sea por lágrimas o placer
No hay nada eterno más lo que yace sobre lo puesta Pero si hay algo que comprendo Es que lo bueno siempre cuesta
Contigo a la distancia puedo aclarar mis pensamientos como agua en el lodo se diluye en la circunstancia
Tanta cruz para tan escueta ilusión pero iluso fui yo quien la cargó sin vocación
Contigo a la distancia puedo abrir los brazos puedo ver el mundo sonreir y lanzar mis cartas al aire Puedo ver al cielo y al creyente y pasar de lado de lo pudiente.
Dichoso el día en que la distancia nos tutele y reprenda y dichosa la hora que contigo oiga la lección y la aprenda.
Es que contigo a la distancia soy de nuevo el niño que creía y con divina fe siempre pedía lo que tu de mi consumías
Vendrá el día y con él la devoción en que tu estarás en la distancia y yo en plena rendición