La Cólera de los Mansos

Tal es la paciencia de la gota
que cae sin escrúpulo una tras otra,
cae hasta penetrar en la roca
cuya resistencia finalmente se agota.

Tal es la virtud del santo
que pese a la infamia y repudio
siempre reza y sin llanto.

De tal manera el vaso se llena
y la roca poco a poco se quiebra,
Tanto el manso como su lamento,
llegan al pecado, abuso del sentimiento. 

Así como calla
así piensa;
Quien lo dice, 
luego lo lamenta,
Pero nada hiere
más que el silencio

Por muy sabios 
y muy cautos,
la paciencia se agota
y la humanidad se impone

Con recelo debemos ver
lo que la cólera del manso
puede llegar a hacer;
Nada explota más
que una emoción por ver

Gota a gota
sin descanso ni insolvencia,
se desforma la forma
se muta y se transforma

Propio y nuestro
es la crudeza del espíritu
sea para bien o para mal

Mala advertencia es ignorar
cuánto una cólera contenida puede dañar,
Porque por muy santos que seamos
como humanos hemos de acabar. 

Domingos y domingos

-“No olvides de poner el dinero en el sobre”.

-“Lo hice anoche, no te preocupes”.

Los Mínguez iban de camino a la iglesia y como ya era su costumbre, iban con retrasos. Se levantaban con suficiente anticipación, preparaban el desayuno, recogían un poco y se arreglaban y de alguna manera el tiempo no ajustaba y salían con prisas. Era un recorrido bastante largo, alrededor de los 40 minutos contando con el poco tráfico del día pero, lo hacían. Muy pocas cosas podían privar a los Mínguez de atender al culto dominical.

-“¿Al regreso pasamos comprando algo de sopa?”

-“Te he dicho que sí…”

Todos los domingos eran iguales: el mismo paseo, la misma comida y las mismas peleas. En la iglesia era igual: los mismos cánticos, los mismos aleluyas, las oraciones y ruegos; hasta las prédicas variaban en contenido pero no en mensaje.

-“Porque el evangelio nos llama a ser prósperos…” y como si fuese un ensayo, todos sabían y gritaban el respectivo amen y aleluya en unísono.

-“De lo contrario, hermanos, ¿cómo podríamos gozar de este hermoso templo de adoración?”. Y hermoso era. La superficie total del espacio era aproximadamente unos 1200 metros cuadrados que se elevaban hasta los 30 metros de altura en el punto central desde donde se erigía un domo de cristal teñido. A su alrededor habían 12 pilares, cada uno, según el pastor, en representación de las 12 tribus de Israel, 2 pilares por cada punta que constituyen en el exterior una gigantesca estrella de David. Sobre cada pilar había un adorno de ángeles de bronce que parecían emanar de las letras hebreas que fueron inscritas desde los pies de los ángeles hasta el suelo del templo. Al interior, había tres agrupaciones de asientos, que se concentraban alrededor del escenario dónde cantaba un coro de 30 personas, una banda de música y un podio.

-“Hemos sido prosperados, hermanos y hermanas y que nadie le diga lo contrario”, repetía el pastor. “Pero la lucha contra el enemigo es constante; el enemigo es constante y nosotros debemos de perseverar aun más”, remataba

A continuación, hacía un llamado a sus congregantes a seguir ofrendando y diezmando.

-“Porque hay que ser un dador alegre porque a los cielos les agrada un dador alegre”. Y sus congregantes poco titubeaban y donaban lo que habían acordado. Algunos de ellos, instruidos en otras iglesias, ponían el dinero en un sobre, como los Mínguez, para poder escribir sobre ellos sus peticiones. Muchos lo hacían de buena fe. Sabían muy bien lo que se predicaba en la Biblia, lo habían leído y lo habían estudiado; la doctrina del diezmo y la ofrenda no les era ajena y tenían fe de que sus oraciones serían escuchadas y si no, era porque no era lo designado.

Otros, sin embargo, lo hacían por apariencias y por favores. Era necesario obtener el favor de la dirigencia religiosa. Estos eran los más vociferos con los aleluyas y los amen.

-“¡Amén!” gritaban unos

-“¡Aleluya!” exclamaban otros.

-“Benditas sean estas ofrendas, hermanos, porque hay grandes promesas para el dador alegre”, repetía el predicador. El coro acompañaba cada llamado con un zumbido angelical que endulzaba a la congregación mientras que los músicos ensalzaban la prédica y las peticiones con tiernas notas musicales. Al cabo de una hora, y en medio de la excitación dogmática, el predicador en turno cerraba al culto con una nueva oración de gracias.

Los Mínguez salían contentos de la congregación. Habían ahorrado para hacer su ofrenda desde ya meses. Por supuesto, tenían muchas necesidades. Era una pareja joven, con una pequeña niña de 2 años. Vivían en una casa que alquilaban a un precio. Ubicado en las periferias de la ciudad, el barrio solo era accesible por automóvil y a través de la autovía radial. Estaba alejado y era todo lo que podían pagar. Como muchos trabajadores de su edad, tenían deudas y problemas por atender.

-“Bueno, pues compramos la comida, vamos a la casa de tu mamá y…”

-“Sí, yo hablo con ella para que nos eche una mano.

Y era así todos los domingos: los mismos lamentos, las mismas penas, las mismas oraciones, la misma fe, la misma comida, las mismas caras y los mismos problemas.

-“Hasta el siguiente domingo, hermanos”.  Era el pastor que les saludaba.

-“Amén, pastor, bendiciones”.

Y el siguiente domingo, fue igual.

Amor de Padre





Si las virtudes que conocemos
se sumaran y se multiplicasen, 
Acumularían todo lo que vemos
y colmarían hasta lo que sentimos. 

Eres colectivo porque reunes y no individualizas
Eres absoluto, porque desconoces las matices
Eres puro, más alla de lo que pueda describir
Eres incomprensible, más alla de lo que llegue a vivir. 

Estos ojos que lloran y se maravillan en este mundo
jamás verán adelante del horizonte
y aun cuando lo añoran

Eres amor de padre
porque tu reprimenda es disciplina
Amor puro de padre
porque tu consuelo 
nunca llega tarde

Si las virtudes se acorazaran
y la simpleza las coronará
Veríamos con otros ojos
sin temor de lo que nos amenazara

Eres amor de padre
por ser justo y comedido
Amor de padre puro
por hacer perfecto 
lo que es debido.

La Verdadera Virtud

La verdadera virtud no esconde
porque no teme
y no teme porque ve el valor de lo que no debe. 

Espera por lo que vale la pena esperar
y se aleja de lo que merece abandonar

Sonríe, a pesar de los pesares
no porque sea hipócrita
menos por falsa,
sonríe porque escoge hacerlo.

Ve donde no se ve
oye la voz en el silencio
siente en la esperanza
lo que no sabe ni conoce.

Verdadera porque acumula de los demás
pero simple porque escapa de lo convencional

Perfecta e ineludible al hombre
intacta y comprensible

El amor es la verdadera virtud
desde el dolor al clamor
nada lo supera ni lo entierrra

Sin amor, no hay calor, 
y sin calor, no hay valor.

Valor que triunfe
valor que respire
valor que viva.

Imperios

En tantos años de existir
y de intentar más que vivir
siempre queremos decidir
sobre lo que no podemos asumir.

Los soñadores sueñan, 
y los hechores logran
pero entre ambas ilusiones
o fuera de ellas
las murallas se levantan.

Ladrillo por ladrillo
y gota por gota
se forman hacia arriba
pero igual caen. 
Caen las ideas
y caen las murallas. 

Caen porque no somos absolutos
y su fundamento es temporal;
porque no nos conocemos
y todo es pasional. 

Que caigan los imperios
porque de ellos 
se corrompen los ideales
y se arrastran las naciones
por apoyar preceptos banales

Que caigan y se derrumben
para que el ingenio los levante; 
quizás entre los escombros
encontremos una fuerza pujante.

De que sirven las murallas, si no para aprisionar?
Porque el resguardo de los imperios
jamás se logró formar. 

Estos caen desde dentro;
lo de fuera es reflexivo; 
se corrompen sin sentimiento
y sucumben al presentimiento. 

Que caigan los imperios
y todos sus ideales
y que caigan sus murallas
con todos sus murales. 

Que lloren los bastardos
por cegar al resto
de que esto es todo eterno
y no es bueno ser honesto.

Que caiga este mundo, 
si al final sus imperios se devoran

La civilidad tiene su límite
y al final todo se repite. 

La guerra no es mi amor
pero es pasión de muchos
como si tiñendo la tierra de rojo
olvidaremos ignorar el enojo. 

Ojos teñidos de venganza
solo verán la lanza
lanza que atraviese los cielos
pero no la esperanza. 

Así que caigan los imperios
y los lobos a la puerta callarán
que renazca el ingenio
y estos nunca más podrán
aferrarse a sus amores
y apegarse a sus ideales

Que caigan los imperios 
y se acaba el cautiverio

Mis Manchas

Sueño mucho y quiero más
oro tanto y ruego un poco más

Pero habrán quienes juzguen
y sobrarán los que dicen
que los rezos aclaman perfectos
y rechazan manchas
que las plegarias son vacías
si quien las pronuncia
no es inmaculado.

Matizar lo establecido para afirmar lo propio
es igual a aferrarse a engaños alegando verdades.

Igual seguiré entendiendo
y siempre juzgarán y dirán;
el sol brilla y brillará
y algún día verán

Que no quiero ser perfecto
pero lo intento
no porque le tengo afecto
sino porque me hace contento

Las montañas alcanzan lo alto
por sus simientes y por sus cumbres,
y los sueños separan del cielo
para que así se vislumbre.

Sueño mucho
porque quiero más,
y oraré hasta la mudez
aunque jamás te fíes.

Y juzguen lo imperfecto
y rechacen mis manchas;
prefiero no ser adepto
y vivir a mis anchas.

El Niño Que Madrugaba

-“Nino, despierta que ya es hora”, gritaba su madre.

-“Ya estoy despierto, mami”.

Era la costumbre de todas las mañanas y todas las mañanas ocurría lo mismo. Nino, de apenas 7 años, despertaba a las 4 de la mañana para comenzar a preparar el material de las tortillas que se debían de vender ese mismo día.

Su trabajo era básicamente comenzar a alistar la masa, moldearla en pequeñas bolas, y asegurarse de que la manta para cubrirlas este limpia y seca. Las señoras de las colonias no se confiaban de la higiene de las tortilleras y de niños como Nino; era imprescindible que la manta estuviese limpia. Al principio, su madre lavaba las mantas todas las noches, pero con los problemas de artritis, tuvo que pasarle el trabajo del lavado a su hijo. Pero él no se quejaba, él solo bajaba la cabeza y sonreía tímidamente.

-“Hijo, ponme la radio, por favor”, solicitó su madre.

Eran las cinco de la mañana y era la hora del “Café de la Capital”, un programa de radio muy popular entre los barrios marginales de la ciudad. En vista que el tendido de cables era deficiente, las compañías de cable y televisión no llevaban su servicio hasta la zona, con lo cual los pobladores contaban con la radio para ponerse al día y sobre todo, planificar en caso de lluvia. Sí, la lluvia que todo lo limpia también todo lo arrastra. La casa de Nino estaba ubicada en una colonia improvisada a los costados de un cerro que en algún tiempo estaría cubierto de pino y destilaba aíre fresco y frío.

Mientras su madre preparaba las tortillas a la voz del “Café de la Capital”, él se metía a un destartalado bañoy se duchaba con el agua helada que sobraba de un balde. Detestaba el agua fría porque lo hacía temblar de manera descontrolada, pero era eso o ir a la escuela sin haberse aseado bien. Otra humillada en el descanso por la mugre que cubría su cuello era inaceptable.

-“Mami, ya estoy listo”.

Su mochila azul, un regalo de una ONG extranjera, estaba recargada de libros y cuadernos. En su mano izquierda llevaba una bolsa de plástico de algún supermercado donde había metido una burra de frijoles fritos, plátano quemado y arroz. La escuela le daría un vaso con agua a la hora de la comida y eso le debería de bastar.

-“Vamos, pues”.

Juntos, caminaban por el sendero de tierra que serpenteaba desde su casa hasta la calle principal, al pie del cerro. Debían de ir lento, por supuesto, ya que la preciosa carga de tortillas perfectamente acomodada en la canasta proponía un malabarismo de trabajo.

-“A ver, hijito, repite las tablas”.

-“3 por 3, 9; 3 por 4, 12…”

Y así se les pasaba el tiempo hasta que llegaban al mercado un poco antes de las seis y media de la mañana. A estas horas las cordialidades eran cortas y dulces – los clientes no tardarían en entrar. Nino se despedía de su señora madre y se iba caminando a la escuela.

-“4 por 5, 20; ay la del cuatro es muy fácil, mejor la del seis. 6 por 1, seis”.

Nino no se quejaba de su vida, no se le daba bien hacerlo. Su vida era una rutina que le adormitaba y le hacía gravitar de hora en hora. Y es que realmente, la vida misma le daba poco chance para pensar; los pensamientos los tendría que entretener más tarde. Entre las madrugadas con las tortillas, el camino a la escuela, y el interminable horario en la escuela, Nino tenía las manos bastante ocupadas.

-“Nino, por favor, recuerda de revisar las multiplicaciones del 12 para mañana”.

-“Sí, profesora”.

Debía apresurarse, su madre o alguien estaría esperándole para entregarle las bolsas de “cemitas” que él debía ir a revender a la Avenida Comercial. Metió todos los cuadernos de nuevo a la mochila azul, y salió disparado por la entrada principal. Si la memoria no le fallaba, como pocas veces lo hacía, tendría unos 10 a 15 minutos para llegar al mercado a recoger la mercadería del panadero antes de que cerrase. Su madre había sido clara que el mercado cerraba a las 3 de la tarde.

Nino corría entre la muchedumbre esquivando a las señoras; solo se detenía para ver a los niños jugar en la Plaza Central y aún esto no lo entretenía mucho. Aferró su mochila a su espalda y siguió su camino.

-“Aquí esta, te la he preparado”, le dijo el panadero.

-“Gracias, Don Ramón”.

-“Toma, sobró esto, para ti”.

Nino simplemente hizo un pequeño gesto de ternura y aceptó el regalo. Tomó la caja lo mejor que pudo y se la montó sobre su cabeza. A estas horas ya no tenía prisa, podía caminar con tranquilidad y disfrutar del pan en el camino. Eran esos pequeños actos de solidaridad y cariño los que le dibujaban una sonrisa en su cara.

El mercado no estaba tan lejos de la Avenida Comercial, pero Nino tenía que tener cuidado ya que debía de encontrar un buen lugar en una intersección y así aprovechar que los coches se detenían en el semáforo.

-“¿A cuánto la bolsa, niño?

-“A 30”, respondía.

El conductor no decía más; eso quiere decir que no le interesaba. Nino, entonces, regresaba a su lugar a seguir trabajando en sus estudios. Debía aprovechar ya que en la casa cortarían el servicio de energía antes de las 9 de la noche.  Ya había comenzado a atardecer, pero solo le quedaban dos bolsas por vender y de todas maneras, las luces amarillentas del tendido público iluminaban bien. Él se enorgullecía de la buena vista que tenía y esta le servía para maravillarse en un mundo en el que él podía lanzar poderosos rayos de sus ojos y salvar el día de los malos.

Nino no se quejaba: él solo sonreía ante las pocas cartas que la vida le había dado para que se la jugará.  Ese era su retrato, el niño que vendía panadería en la Avenida Comercial. Nadie lo conocía por su nombre, pero su distorsionada imagen de esfuerzo en medio de la miseria era bastante popular, tan popular, que había sido aplaudido por ello por personas que poco sabían de todo lo que el niño que madrugaba hacía.

Minimalismo

Quiero lo menor
para construir lo mayor:
hacer mía la cumbre
sin ignorar su cimiento.

Quiero saber que sueño
y que veo mi norte
para posar mi mirada en la estrella
y dar sentido a lo torpe

Veo en mis ilusiones
una idea de poder ser
un ejemplo de ver
un reflejo para crecer

Mas que ilusiones
se que habrán decepciones;
ninguna aventura se cuenta
sin una herida que alimenta.
Más que decepciones,
espero lecciones
que reten y cambien
que en mi piel,
sus vivencias calen.

Quiero despegar el sonido del ruido
y oir la claridad de mi pura mentalidad.

Y limpiar la vista de nubarrones
y ver el horizonte en claras disposiciones.

No acepto más
de lo que un día podría ofrecer;
solo quiero paz
y la calma de saber querer.

Risas y sonrisas
son todas envidiables
pero si tras ellas
la verdad no abunda
herida mía,
no serás profunda.

Profundidad en el silencio
que tiernamente envuelve
y poder en su abandono
que sigilosamente devuelve.

Quiero poco
para apreciar lo mucho
y ver mi norte,
destino por el que lucho.

Quiero poco,
y apreciarte tan sencilla,
ser sincero,
soñolienta milla.

Traidor

No creo en este amor
porque siento que no es humano:
Dudo de lo nuestro
porque me parece un vil engaño.

No creo en lo que ofreces
ya se lo que me debes,
y aunque creas que exagero
me lo debes y con creces

No puedo entender
como una simple caricia
genera supuesta afección;
cual animal y su instinto
el cual define su reacción.

No siento pertenencia
porque ambas orillas son paralelas
el eco de uno es consciencia
pero la respuesta no es paciencia.

Si lo llevo a mi ritmo
soy traidor de ambas causas
no hay punto medio ni consenso
solo recelo y mucha nausea

Soy traidor porque no creo en este amor
El judas de mi historia
fue fiel a su clamor.

Soy traidor y lo entiendo
soy traidor y lo acepto
y simplemente no me someto.

No creo en tu amor
y mucho menos en tus palabras,
no pronuncies más promesas
las intenciones te delatan.
No creo y lo traiciono
y así está bien ser
una voz y cero eco
un traidor para querer

Para mi, a través de ti

Vivo para mi mismo
y conmigo mismo
para ti y a través de ti.

No porque sueño
sino porque vivo y comprendo.

Vivo para esta historia
y para que otros lo entiendan,
que vean y acepten
que el concepto humano no es singular
sino que colectivo.

No hay que ver para creer
pero sí expandir para aceptar
que vivir para uno a través de uno
es vivir sin atravesar ni crear

Porque sin atravesar fronteras
solo veremos límites;
límites que cercan nuestras manos
límites que ensordecen oídos sanos.

Vivo para mi mismo
a través de ti y para ti,
y así tener la perspectiva
de aquel que simplemente admira.

Vivo conmigo mismo
y siempre a través de ti,
que es donde encuentro profundidad
en mi plena capacidad.

La caja solo se aprecia
cuando fuera de ella se vela,
A través de ella y por ella
donde la vida se rebela.