Malditos tus pasos
y los pies con que caminas, 
esos que te abren caminos 
e incendian las encinas. 

Malditas tus manos,
tus obras y sus frutos,
que de ellas te satisfaces
y con ellas les robas.

Le quitas dignidad al humilde
y te sirves de su necesidad
para revestirte entre sedas
y esconder tu suciedad.

Maldito el vientre que te parió.
Y los brazos que te abrazan
los que limpian tus lagrimas,
y de tu existencia les estimas.

Maldita tu voracidad 
que con dientes todo lo devoras,
como una plaga desatada
plaga bíblica anunciada.

Anunciada por la indiferencia
esa apatía que te sostiene
de quien ve y no empatiza
y que en su altivismo
todo lo relativiza.

Malditos tus días
los que has contado
y todos los que te quedan,
que manchen tu faz
con la sangre que vertiste
y que la goteen lentamente
con la miseria que dejaste. 

Malditos los tuyos
tu estirpe y quienes te procedan
Si cada uno se deleitó en tu miel
que se revuelquen también en la hiel. 

Aunque mis palabras
escritas queden
y aunque mi fe
del cielo me lo advierta
Igualmente te maldigo
desde tu corona a tu tumba.