
Malditos tus pasos y los pies con que caminas, esos que te abren caminos e incendian las encinas. Malditas tus manos, tus obras y sus frutos, que de ellas te satisfaces y con ellas les robas. Le quitas dignidad al humilde y te sirves de su necesidad para revestirte entre sedas y esconder tu suciedad. Maldito el vientre que te parió. Y los brazos que te abrazan los que limpian tus lagrimas, y de tu existencia les estimas. Maldita tu voracidad que con dientes todo lo devoras, como una plaga desatada plaga bíblica anunciada. Anunciada por la indiferencia esa apatía que te sostiene de quien ve y no empatiza y que en su altivismo todo lo relativiza. Malditos tus días los que has contado y todos los que te quedan, que manchen tu faz con la sangre que vertiste y que la goteen lentamente con la miseria que dejaste. Malditos los tuyos tu estirpe y quienes te procedan Si cada uno se deleitó en tu miel que se revuelquen también en la hiel. Aunque mis palabras escritas queden y aunque mi fe del cielo me lo advierta Igualmente te maldigo desde tu corona a tu tumba.