
Kenya había tenido un par de semanas de trabajo extenuante. Su jefe era exigente y parecía importarle poco que llevaba a sus empleados al borde de una crisis de nervios con tanto grito y tanto regaño.
Ni Samuel recién terminaba su turno. Su nuevo trabajo como distribuidor de paquetes le daba bastante flexibilidad en su horario y lo mantenía alejado del aburrimiento administrativo de la central.
Era viernes y tanto Kenya como Samuel habían decidido que se merecían un descanso y un poco de celebración. Los pagos de mediados de mes habían sido recién ingresados y el lunes era festivo. Vivían en barrios distintos y en mundos aparte y si se habrían visto antes de esa noche de viernes, no se lo hubiesen imaginado.
Kenya era una joven nacida y bien criada en un barrio trabajador. Sus padres se habían mudado de la ciudad hace casi 25 años en búsqueda de un trabajo que les permitiese salir adelante y criar una familia. Samuel vivía con sus padres y su hermano a unos dos kilómetros al este de Kenya, en un barrio de clase media, obra de los proyectos habitacionales de los 80s.
Kenya llevaba semanas sin ver a sus amigos porque se había pasado las últimas dos cuidando de su madre que se estaba recuperando de un accidente. Ella tendía a las necesidades de su mamá con la misma devoción con que ella fue tratada de niña. Disfrutaba de la compañía de su madre quizás porque la señora siempre estaba de buen humor y podía hacer de una noche aburrida de películas un festival de risas y carcajadas. Su padre era un carpintero de 55 años que se quejaba día y noche de un dolor de espalda sin principio o fin. Él no estaba en la capacidad de cuidar de su mujer pero ese fin de semana le pidió a su hija que se tomase un descanso y saliese con sus amistades.
-“Papi, no diga tonterías, que usted no va cuidar de mi mamá”, le respondió Kenya con una suave sonrisa, mientras doblaba un poco de ropa.
-“Oye, seré viejo pero no inútil. Además, ya le pedí a Juan que nos traiga un poco de la sopa que su mamá preparó y ya con eso cenamos”.
-“En serio, papi, no me molesta quedarme en casa”.
-“Mi vida, hazle caso a tu viejo y sal un rato, ya mañana lo pasas en casa”.
Kenya sí quería salir con sus amigos. Sabía que luego se le iban a resentir si no salía a verlos ese fin de semana. A continuación terminó de doblar la ropa, le dio un beso en la mejilla a su papá, tomó su teléfono y tecleó a una velocidad absurda. Emocionada con el cambio de planes, corrió a la ducha para bañarse y comenzar a arreglarse.
Samuel por su parte, ya había acordado verse con sus amigos desde el día anterior. Su papá era un contador público y su mamá pasaba en la casa. Ella era una señora de hogar por excelencia. Mantenía la cocina siempre abastecida, la casa limpia, la ropa doblada, las cuentas al día, el jardín bien cuidado y el mundo en movimiento. Su vida giraba alrededor del cuidado de su familia y ella así lo prefería – desde luego, su religión así lo predicaba y que mejor que estar bien con su fe.
-“Hijo, ¿sales hoy?” preguntó la señora desde las escaleras que daban a la segunda planta.
Samuel no la había escuchado. Estaba recostado sobre su cama jugando videojuegos y simplemente no tenía la paciencia de entretener las curiosidades de su madre. Si salía era problema de él – después de todo, salía con su dinero.
-“Samuel, te estoy hablando”. Entró a la habitación sin tocar la puerta
-“Mamá, un poco más de respeto, por favor”, le reprendió Samuel.
-“Estas en mi casa… ¿vas a salir?” volvió a preguntar.
Samuel la quedo viendo con una cara de dolor
-“Sí, voy a salir”.
-“Eso era todo, tu papá y yo iremos a cenar más tarde por eso te lo preguntaba”.
-“Traigan comida”, rogó Samuel sin quitarle la mirada al televisor.
Su mamá salió por la puerta olvidando cerrarla.
Las nuevas medidas de seguridad limitaban la vida nocturna con lo cual si Kenya quería ver a sus amigos a tiempo, debía llegar al bar alrededor de las 8.
-“Ay no se que ponerme…”
La falda negra con las nuevas medias era una apuesta segura. Ahora quedaba el top, un poco de maquilla y a guapear esas mechas. Indecisa sobre que blusa usar, Kenya corrió hacía el patio a buscar una blanca que su tía le había regalado para su cumpleaños. Con suerte, el calor del día la había secado.
-“A ver, ¿Dónde estás”… papá, puedes encender la luz por favor? Aquí… olvídalo, gracias”.
Tomó la prenda y se la restregó contra su mejilla para asegurarse de que estaba bien seca.
-“¡Perfecto!” gritó.
-“Hija, ¿me llamaste?”
-“Ya no papí, gracias”
-“La plancha ya está caliente, Kenya”, dijo su madre.
-“Dice tu mamá que la plancha ya está caliente”.
-“Sí, sí, voy…”
La falda era negra y en la noche podía aparentar las arrugas pero a ella le gustaba caminar bien arreglada.
Samuel por su parte, se había quedado dormido jugando sus videojuegos. Sus padres le dejaron una nota en la puerta de la entrada recordándole de asegurarse de cerrar bien la casa – algo que luego olvidaría hacer. Su mamá había dejado una canasta de ropa bien doblada en el pasillo que daba con su habitación y sobre su manecilla, tres perchas con tres camisas bien planchadas. Samuel salió de su habitación más dormido que despierto y caminó al baño. Llegaría tarde a ver a sus amigos y eso le parecía perfectamente normal.
Media hora después, salió de la sauna en el que se había duchado. Tomó una de las camisas de su percha ycomenzó a arreglarse. Sus amigos ya le había dejado mensajes pero como él era el del coche, ellos tendrían que esperar.
-“Sí, sí… en diez minutos salgo… bueno y si no salgo igual te toca esperar así que paciencia”. Colgó la llamada y lanzó su teléfono a su cama.
Medio vestido, abrió una de las gavetas de su armario.
-“¿Dónde están? Estoy seguro que me habían quedado”.
Sin encontrar el preservativo que juraba haber comprado, se detuvo unos minutos para pensar. Buscó su teléfono con urgencia y escribió un mensaje rápido o a su amigo.
-“Voy saliendo, trae un par de hules”.
Eran las 20:20 y Kenya recién entraba al bar.
-“Lo siento… había tráfico y me tocó caminar un poco”, llenó su cara con una enorme sonrisa y se lanzó con los brazos abiertos a sus amigas.
-“¡Al fin!” chilló su amiga.
Kenya era muy cercana a sus amistades. Conoció a la mayoría en sus años en la escuela. Sabía que las amistades eran joyas para toda la vida y hacía hasta lo imposible por cuidar de ellas.
-“Sí, ya era hora… pero bueno, ¡Aquí estamos!” tomó la copa de su amiga y dio un enorme sorbo. “Ay qué bueno…”
Eran las 21:20 y Samuel iba por su segunda cerveza. No sabía porqué pero se encontraba de mal humor. Quizás hubiese sido mejor quedarse en casa y ver un par de películas.
-“Samu, que carota la que te traes… alégrate que es el finde”.
Samuel se quedó callado y forjó una sonrisa suplicada. Tomó su cerveza y se sentó. Quizás con un poco más de alcohol y se le quitaría el enojo.
A unos pocos metros de su mesa, Kenya estaba bailando con sus amigas, cada quien haciendo su mejor esfuerzo por no dejar caer la bebida.
-“Cuidado, guapa, que están caras” le gritó su amiga
La música sonaba fuerte pero a los oídos borrachos de Kenya, eso no le importaba.
Samuel, ya llevaba unas cinco cervezas y finalmente se había relajado. Su círculo de amigos se había congregado alrededor de una mesa improvisada y de vez en cuando se ponían de pie para ir a bailar con la primera mujer sola que encontraban.
El reloj movió sus manecillas al ritmo de las copas y estas no se acababan. Kenya y sus amigas se habían quitado los zapatos para bailar más cómodas y Samuel y sus amigos habían salido al balcón del bar para fumar un poco y alejarse del ruido. Eran casi las dos de la mañana y la policía entraría muy pronto a cerrar el bar.
-“Samu, ¿seguro que puedes conducir?”
-“¿Me ves cara de borracho?”
-“No, yo solo digo… mezclaste un poco de alcohol y si quieres, yo conduzco y de tu casa me voy caminando a la mía que queda cerca”.
-“No hace falta” y Samuel dio otro jalón al cigarrillo.
Kenya iba saliendo abrazada de sus amigas. Claramente ebria y bastante contenta, se apoyó en una de ellas y en la pared para bajar con cuidado.
-“Mira, esperemos a que se nos baje un poco y luego nos vamos en taxi de esos colectivos”, sugirió una de ellas.
-“Hagamos eso y yo me bajo de último para que todas lleguen bien”, recomendó el hombre en el grupo.
-“Sí, pero primero sentémonos un rato”, suplicó Kenya.
La había pasado bien pero reconoció que se había pasado un poco con el alcohol.
La policía por su parte estaba desalojando el resto de bares alrededor. Era conocimiento de todos que ellos simplemente buscaban dar multas y ganarse un poco de dinero extra. Nadie los culpaba, el gobierno les pagaba muy mal.
-“Joven, su tarjeta de identidad por favor”. Kenya levantó su cabeza para ver si era con ella.
-“¿Me pregunta a mí?”
-“Sí, a usted, su identidad por favor”.
-“¿He hecho algo?” cuestionó Kenya.
-“Su identidad” respondió el oficial.
Sus amigas se pusieron de pie antes de Kenya y le preguntaron al oficial si ocurría algo.
-“Es parte del protocolo, necesito ver su identidad”, se limitó a decir.
Samuel por su parte, se montó en su coche sin antes fumar otro cigarrillo. Dos de sus amigos se habían ido en taxi y el resto aceptó irse con él.
-“Dame un momento Samu, que debo mear”.
-“Cuidado lo haces cerca de mi coche que te mato”, le advirtió. Su amigo se acercó a una esquina oscura y exhaló con alivio.
Kenya y sus amigas, estaban intentando evitar que el oficial la arrestase por escándalo público.
-“¿Cuál escándalo? Señor oficial, estamos haciendo nada y solo estamos esperando en la fila para montarnos al taxi”, explicó Kenya mientras el oficial tiraba de ella hacia su patrulla.
-“Toma mi teléfono que el tuyo no tiene batería, por fa, cuando te tomen la declaración me llamas para saber en qué estación estás y vamos a sacarte”.
Kenya, más molesta que borracha, tomó el teléfono y entró a la patrulla. Sabía muy bien que cualquier cosa que dijese la pondría en peores problemas.
Samuel mientras tanto, pasó de lado de los policías y una vez avanzó unos metros, lanzó la colilla de su cigarrillo y se fue conduciendo. Eran casi las tres de la mañana y estaba muerto del hambre – quizás era por eso que estaba de mal humor. En menos de media hora había acercado a sus amigos a sus casas y para las 4 de la mañana ya estaría comiendo algo en su cama. Su noche había pasado sin penas y sin glorias pero al menos pudo tomarse un par de cervezas y reírse un poco. A veces se gana y otras se pierde.
Eran las seis de la mañana y el padre de Kenya recién despertaba. Caminó hacía la cocina para preparar un poco de café cuando notó que su hija no había entrado. Extrañado por lo que estaba ocurriendo, salió a la calle con la ligera esperanza de que a lo mejor su hija la hubiera pasado tan bien que se había quedado dormida en la calle.
-“Puede ser…” intentó convencerse a sí mismo, pero no fue así.
Sus pensamientos se revolvieron pero no tenía pruebas para creer lo peor. Entró a su casa y esperó a que su mujer se levantase para decirle.
-“Bueno, es raro pero quizás se fue a casa de una de sus amigas, ella sabe cuidarse, viejo”, le calmó su esposa.
Eran las 8 de la mañana y alguien había tocado el timbre de la casa. Era Miriam, la amiga de Kenya. Vestida en lo primero que había encontrado, su amiga caminó unos dos kilómetros hasta la casa de Kenya.
-“Hola Miriam”, respondió el papá de Kenya, “¿Kenya se quedó contigo?”
Eran las 11 de la mañana y la noticia comenzaba a rondar las redes sociales. Una joven farmacéutica había sido encontrada muerta en la estación policial.