
Eduardo estaba inmerso en sus estudios. Tenía un examen de matemáticas el lunes a primera hora y necesitaba sacar una buena nota para no perder el curso. Su madre, soltera y con tres más, estaba ocupada en la cocina viendo las noticias que habían pasado los últimos 5 minutos al aire discutiendo el vestido poco halagador de una prominente política inglesa. Ella, fiel al principio de jamás perder un minuto de tiempo en banalidades, estaba planchando la ropa de sus hijos mientras se organizaba mentalmente para atender todos los pendientes que le quedaban a la semana.
-“Con tantas casas por visitar no me va dar tiempo de preparar la comida del jueves y viernes”, con lo que decidió preparar un bar de bocadillos.
-“Eduardo, ¡necesito unas barras de pan!” gritó desde el pasillo.
-“Estoy estudiando…” replicó Eduardo de manera poco audible.
El pobre tenía muchos problemas con las matemáticas y el sistema educativo no parecía ser capaz de corregir ese error. Era un buen chico que simplemente procesaba de manera lenta las ciencias. Sus profesores se quejaban de su falta de compromiso y dedicación aunque decían lo mismo del resto. Solo aquellos que aprobaban sus exámenes eran buenos estudiantes. Eduardo asistía a clase, hacía su esfuerzo por cumplir con sus deberes, obedecía las reglas y tenía un buen comportamiento. Nunca se le tildó de irrespetuoso ni de revoltoso. Él era uno más entre la marejada de jóvenes que pasaban los pasillos de la educación pública sin ser percibidos. El cumplía con su parte salvo con el detalle de aprender.
-“Debo aprobar el examen sí o sí… concéntrate”.
A cinco calles hacía el sur su compañero de Física, Juan, estaba escuchando música. Juan también tenía ese mismo examen de matemáticas pero ya había asumido que no aprobaría. Los profesores se dedicaron a la labor de criticarle desde hace años y para Juan, suspender era cumplir con los deseos de los demás. Las matemáticas no le daban problema, es más, las entendía a la perfección; lo que él carecía era la motivación para enfocarse en sus estudios y desatender sus otros menesteres. A sus 14 años, en plena pubertad confundida, Juan y dos de sus amigos que ahora viven en otra ciudad, decidieron robar una tienda de alimentación.
-“Ya verás que ni se van a enterar”. En efecto, los dueños de la tienda no se percataron del robo y lo que comenzó como un pequeño experimento juvenil se deformó en una manera de hacerse con un par de regalos. Sus padres le ponían poca atención al distanciamiento de su hijo único y se concentraban más en planificar las vacaciones del verano y re organizar las cuentas para comprar un nuevo teléfono en la temporada de rebajas. ´
-“Es solo otro adolescente; ya pronto entenderá”, decían.
Por lo menos la música de su playlist estaba bien por lo que Juan cogió su libro y lo sacó a dar un par de saltos y giros y más saltos al son de la música que poco o nada se le entendía. Y así se estuvo hasta que de repente cayó en cuenta que se le olvidó pedirle a su mamá que comprase un par de Coca Colas en el supermercado. Tomó su teléfono para llamarla para dar con el buzón de voz. Visiblemente sediento, cogió sus llaves y bajó a la tienda de la esquina para ver si conseguía algo. Sin embargo, esta estaba cerrada por problemas familiares.
-“Ah vaya”. Esa parte de la ciudad padecía de los famosos desiertos alimenticios y la tienda más cercana era el supermercado de 24 horas que estaba a tres calles subiendo la avenida principal. La idea de tener que caminar un poco por una Coca Cola le molestó por lo que se detuvo unos minutos para hacerse una pequeña lista de qué otras cosas podía conseguir. El supermercado, por supuesto, tendría un par de cámaras de seguridad y le haría la visita más complicada así que en el caso que fuese descubierto, aludiría a un descuido y lo devolvería. Se sentía algo incómodo con el plan ya que la última vez que robo de una tienda con un sistema de seguridad lo hizo acompañado de sus colegas y esta vez lo haría solo. Replanteó todo el escenario y finalmente llegó a una salida viable que le causaría menos problemas.
-“Eduardo… Eduardo, Eduardo, ¡por favor”! Sacudió a su hijo quien se encontraba absorto en una ecuación. “Eduardo, llevó más de una hora llamándote; necesito que vayas a comprar unas dos barras de pan”.
Eduardo no entendía porque su madre solo pensaba en él cuando necesitaba este tipo de favores, cuando sus hermanos podían ayudarle también, pero decidió no pelear. Bajó la cabeza, tomó el dinero que su madre había dejado al lado de su libro y salió con pasos pesados.
-“Asegúrate que este fresco”, fue lo último que alcanzó oír.
Al menos el camino hacia el supermercado era ameno. El ayuntamiento había ampliado las aceras y plantado pequeños arboles que en esta época del año se llenaban de retoños rosas y púrpuras. Ahora había bancos y más cubos de basura lo que vino a cambiar totalmente el aspecto decadente de su barrio. Aprovechó el momento y se tomó un descanso de unos cinco minutos para disfrutar de la canción que sonaba en sus cascos. Terminada la canción, cruzó la calle hasta llegar a la tienda.
Al entrar, saludó al dependiente en turno quien estaba observando detenidamente una pantalla. No se miraba de buen humor para nada. Eduardo hizo un poco de tiempo y se puso a hojear una revista de música que había en el estante. Le gustaba mucho la composición y la verdad es que se le daba bastante bien el tema.
-“Alto ahí”, gritó el dependiente.
Eduardo devolvió la revista a su lugar pero inmediatamente vio que no hablaba con él sino con el chico que venía caminando hacia él – Juan.
-“¡Que te detengas, he dicho!” vociferó el dependiente. Juan no se dio por aludido y siguió caminando.
De repente el dependiente, visiblemente molesto y nervioso, tomó un arma y lanzó una última advertencia.
-“¡Que te he visto! Devuelve lo que llevas o haré que lo devuelvas”.
Juan, quien ya estaba a pasos de salir, vio su oportunidad de escape y la tomó. Se agazapó un poco y salió corriendo no sin antes oír el disparo del revolver cuyo ruido lo asustó tanto que le hizo perder el equilibrio. Aturdido por lo que estaba pasando pero plenamente alerta que la bala no le había dado, lanzó la bolsa de dulces y la Coca Cola al dependiente y salió corriendo.
Eduardo, sin embargo, no tuvo tiempo de reaccionar y sirvió de escudo para Juan. La bala le reventó la carótida y el joven murió en menos de cinco minutos. El dependiente había sido ordenado por su superior de detener cualquier robo y para ello le había dado un arma, so pena sería despedido.
La música en los cascos de Eduardo seguía sonando ininterrumpidamente y las personas seguían cruzando la esquina.